
Ante un Saddledome bastante lleno, abrió el experimentado Dream Theater, grupo americano que a mi humilde criterio es de lo más virtuoso que se puede encontrar hoy en día, artísticamente hablando, y que tampoco había tenido oportunidad de ver. Hicieron un set corto de menos de una hora, que me puso la piel de gallina (se las dejo picando a los bosteros, con el arco vacío) y que me hizo acordar de por qué me gusta tanto ver bandas en vivo. Portnoy, Petrucci y Cía son desde ese momento mis nuevos ídolos musicales y no puedo esperar a que vengan otra vez a Calgary para ir a verlos. Tan bueno estuvo, que si en ese momento me hubiera ido a mi casa, habría quedado más que satisfecho.
Una pena que no lo haya hecho, ya que Iron Maiden me decepcionó bastante. A juzgar por la reacción del resto del público (que tendría en promedio 1 o 2 años de edad cuando Maiden estaba en su esplendor) el problema fue mío y de muy pocos más. Y después de un par de semanas no se si el recital fue tan malo como pienso, o si mis expectativas eran muy altas ante el combo del siniestro Ed Hunter.

La actitud de la banda, por otro lado, fue lo que me arrebató la mística. Iron Maiden ya no es un grupo de rock, sino más bien dos entidades separadas. Por un lado está Dickinson, quien apareció vestido como un rapper de los '90 (y moviéndose y bailando como uno) y jamás se acercó al resto de la banda. Como puntos positivos, hay que destacar el excelente estado atlético que posee (se la pasó saltando como un mono por arriba de todos los decorados) y su voz, que sigue siendo un instrumento poderoso.
Más abajo, en el escenario, el resto, que más que leyendas del rock parecían un grupo de viejas veleidosas. Estos muchachos están

No se, me habré vuelto quisquilloso, pero para mí fue una gran desilución, me imaginaba otra cosa.
Ahora a esperar hasta Noviembre al gran B.B King, así que después les cuento.
Iron Maiden versión 1985 (2 Minutes to Midnight)